lunes, 10 de noviembre de 2014

Asesina de Cidonia por K. Narkas


Nergal ordenó silencio a sus hombres, todos ellos abrazaban al Caos y ahora buscaban el flanco del ejército enemigo para entregar más sangre a alguno de sus oscuros dioses. A diferencia de otros líderes, Nergal conservaba mucha de la brillantez de los genios humanos, por lo que no solo era más comedido a la hora de controlar sus impulsos, sino que era particularmente frío y calculador tácticamente hablando. Eso le había hecho escalar posiciones rápidamente dentro de la Legión Negra, y ahora gozaba de la confianza de su Comandante, Lord Ramarga.

Quizá fuese una confianza frágil, por cuanto no estaba libre de envidias y medradores que aspiraban a ocupar su puesto, pero hasta la fecha había sabido defender bien su valía y ganarse el respeto de sus subordinados.
Así pues aminoraron el paso, en estado de total percepción, tratando de escuchar y no ser escuchados mientras se deslizaban por la retaguardia del destacamento "Aquila", de la 8ª Compañía de Cadia. Quizá en otras circunstancias no fuese tan importante recordar a qué Compañía pertenecieran aquellos hombres pero, en este caso, estaban encastrados en medio del Desfiladero de Actium y se habían ganado una terrible reputación como unidad de choque, especialista en resistir y mantener fortificaciones aun cuando todo pareciese perdido. Nergal sabía de sobra que su Capitán, Titus Severus, era un icono entre la Guardia Imperial, admirado y obedecido hasta el suicidio personal. Mientras él siguiera vivo difícilmente lograrían eliminar a los cadianos.

Quizá por eso la Compañía Atrox de la Legión Negra había optado por una misión de comando, donde 8 hombres pueden ser más eficaces que 8.000, y dentro de lo imprevisto que puede suceder a cualquier misión lo demás tenía una perfecta lógica y cálculo: el experto y veterano Nergal asaltaría en silencio el lugar donde se guarecía Severus; cumplido esto, el resto de la Compañía Atrox atacaría masivamente la posición del destacamento Aquila que, faltos de moral, a buen seguro retrocedería o serían exterminados; y el resto de fuerzas de Marines del Caos avanzarían sin impedimento alguno a través del desfiladero para llegarse hasta el flanco del grueso del ejército de Cadia. Sin duda nadie imaginaría una acción envolvente tan arriesgada. La lógica también decía que, de cumplirse la misión, las fuerzas imperiales serían masacradas en este sector del planeta Tharados.

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Dentro su hermandad, la de las Hermanas de Cidonia, Kamaru había conseguido logros hasta la fecha no ganados por sus antecesoras. No solo había rechazado muchas de las bendiciones de Omnissiah, conservando casi la mitad de sus órganos humanos, sino que los implantes mecánicos a los que había sido sometida le permitían conservar una sensual belleza. Quizá fuese éste uno de sus defectos, puesto que a las asesinas del Mechanicum no les está dado la vanidad ni la arrogancia, pero Kamaru compensaba este pequeño desliz mediante una estricta disciplina de combate, y una eficacia del cien por cien. De hecho, en su hermandad era apodada "Sentencia", pues jamás había errado una sola misión, jamás se le había escapado un objetivo.
Las Hermanas de Cidonia constituían una orden cuasi monástica, sometidas a una vida severa y trabajosa, en la que solo cabe el entrenamiento continuo, no solo a nivel físico y mental, sino también en cuanto a implantes y nuevas mejoras técnicas. Las más destacadas en esas habilidades alcanzan entonces el rango de asesinas o ejecutoras, especializadas mayormente en todo tipo de ciborgs, vehículos, y criaturas en las que exista un chip, un motor, o un implante mecánico por pequeño que sea. Se habían consagrado a Omnissiah, el Dios Máquina, y servían como adláteres a los propios Magos del Mechanicum,

Y sí, Kamaru conservaba su forma humana. De hecho, había rechazado cualquier implante que le hiciese perder su apariencia primera, aun cuando en su interior la mayor parte de sus venas fuesen canales de drenaje, sus tendones de titanio trenzado, y sus músculos bioimplantes de carnotejido con estimulantes de contracción. Desde fuera, lo que cualquier ojo humano podía apreciar era la sinuosidad de sus formas, su belleza sensual y a la vez fría, inexpresiva. Su apariencia femenina en extremo de ningún modo sugería que pudiera usarse como instrumento de placer, ni tan siquiera de compañía. Efectivamente, Kamaru era reservada en la intimidad. Hablaba tan solo cuando se le preguntaba y, de poder, utilizaba el lenguaje multibinario para el cual no hacía falta articular palabras ni sonidos. En su mundo interior solo había espacio para la meditación y el entrenamiento sistemático, para la experimentación de nuevos programas y códigos que mejoraran sus extraordinarias habilidades e implantes, y ese mundo solo se abría al exterior cuando sus sensores captaban la orden de la Hermana Priora para que se pusiera en marcha con una nueva misión, un nuevo destino.

Ahora recibía una nueva tarea: la de ponerse a las órdenes del Inquisidor Lord Khoubal Narkas y formar parte de su séquito. No iría sola, desde luego, pues sus sofisticados sistemas necesitaban de las arcanas artes de un magos-logi y un visioingeniero especialista en los sofisticados sistemas que convierten a una Hermana de Cidonia en la más letal de las asesinas. Para Kamaru supuso igualmente una doble prueba: de una parte la ampliación de sus sistemas de combate para adaptarlos a nuevos retos, nuevos lugares, nuevos objetivos tachados de ejecutables, y eso siempre suponía un aliciente que le proporcionaba un enorme placer. Tal cosa incluso le permitía evocar esa sensación de alegría que en su día sintió como humana plena, y que en gran medida había rechazado olvidar por completo. La otra cara de la moneda suponía el hecho de tener que tratar directamente con el Inquisidor. Éste se había negado a utilizar intermediario alguno en la comunicación, de modo que todo consejo, orden, o sugerencia, era directa, cara a cara, y Lord Narkas nunca daba por cerrada una conversación hasta que Kamaru no confirmaba haber entendido al completo su voluntad. Quizá para otros éste fuera un detalle pasajero, pero no para Kamaru. El Inquisidor tan solo ponía el detalle del objetivo, pero jamás insinuaba el cómo y de qué manera había de ejecutarse, permitiendo que cada misión fuese igualmente una puesta a punto de cada uno de los nuevos programas e implantes a la que había sido sometida al llegar a la Fortaleza-Monasterio de la Inquisición en el Sistema Complutum.

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Los nanoimplantes-grav en sus pies le permitían correr a increíble velocidad sin tocar el suelo, sorteando todo tipo de obstáculos sin otro sonido que el del viento en su cara. No necesitaba la luz del día para ver, de modo que para ella la noche era un aliado, y las pesadas armaduras de los marines a los que perseguía dejaban un intenso rastro de metacódigos en el aire, imposible no distinguirlos desde varios cientos de kilómetros.
Kamaru alzó su cabeza venteando la distancia, sintiendo el rastro químico de su víctima como lo haría el mejor perro de presa. Más aun, sus sensores podían percibir los pequeños campos electromagnéticos dejados por sus armas y componentes biónicos, de tal modo que era capaz de determinar con precisión la velocidad de marcha de su objetivo y su dirección. De ningún modo podían escapar de ella.
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Nergal reagrupó a su escuadra de ocho marines en torno a él. No usaba protección en la cabeza, así que de viva voz dio órdenes concretas sobre ubicación, coordinación, y ejecución. El grupo era sobrado para llevar a cabo una misión tan simple, y todos gruñeron de aprobación pensando tanto en la carnicería que estaba por llegar como en la promoción a la que tendrían acceso por llevar a cabo una tarea de tal importancia para Lord Ramarga y la Legión Negra. Quien sabe, quizá alguno de ellos incluso fuese llamado como nuevo paladín del Capítulo. Finalmente asintieron y cada uno fue separándose de los demás para secundar el ataque que encabezaría Nergal.

De repente se dejó oir una brusca ráfaga de viento, como un estornudo velado. El pectoral de uno de los marines quedó roto por un impacto. Pequeño. Preciso. Letal. El marine se desplomó como un fardo pesado sin apenas poder articular un quejido, ante la sorpresa de sus compañeros. 

Las bocas de los bólter herejes vomitaron una ráfaga de muerte y destrucción hacia ninguna parte. Nergal sonrió ante la tormenta de astillas y polvo que se levantó en el lugar desde donde habían sentido la ráfaga de viento, pero sus párpados desorbitados le desfiguraron el rostro cuando vio a una sombra disforme saltar sobre el fuego directo, girar, agacharse, esquivar, saltar de nuevo... como un ser de otro mundo al que no podía detener ni su deseo más vehemente ni sus fusiles. Una primera sensación de frustración le enervó, pensando en todo y en nada.

La sombra -en apariencia humana- irrumpió en medio de ellos moviéndose como un oleaje furioso; sus manos bloqueaban cada golpe con una precisión molesta, insultante. Nergal se sintió sobrecogido al intuir que estaba jugando con ellos... y que ese enfrentamiento solo acabaría con un golpe de suerte. O simplemente hasta que ella lo decidiera. Los marines se dispersaron ligeramente para crear una distancia de seguridad, pero la sombra se agitó de nuevo como descargando una suerte de golpes relampagueantes sobre el rostro de dos marines veteranos. Sus cascos se partieron, frágiles, dejando ver carne y huesos quebrados... reflejaban el dolor incluso bañados en sangre, la sangre de su dios, pero por un instante a Nergal le embargó la duda de si los oscuros dioses del Caos aceptarían este sacrificio tan inútil, una muerte tan ignominiosa. ¿Quién era esa criatura...? ¿Por qué no podían tocarla? ¿Por qué se adelantaba a todos sus movimientos? Quiso dar una orden a sus hombres, pero la sombra le arrojó algo desde lejos y lo enmudeció. Ni vio ni supo el qué, pero de repente sintió que algo se atenazaba a su cuello y lo apretaba como si quisiera seccionarlo, como un dogal que no cesara de apretar más y más, asfixiándolo por momentos.


Kamaru volvió a extender un brazo, como si proyectara un arma invisible contra el que iba armado con un lanzallamas. Saltaron chispazos de entre las juntas de la servoarmadura marine, y la luz de sus visores se apagó igualmente. El marine tiró su arma al suelo mientras intentaba recuperar el equilibrio, e igualmente se quitó el casco en un intento por ver qué era lo que le estaba atacando; su rostro estaba quemado y devorado por algún tipo de reactivo que lo convertía en una masa informe... Su último suspiro se mezcló con un sollozo antes de caer definitivamente al suelo.

-¡Te tenemos, te tenemos...! –repetían los marines creyendo su propia ilusión mientras buscaban una línea de tiro, pero los movimientos eléctricos de la asesina eran más rápidos que la vista. La voz de Nergal se reducía a un pobre gañido de desesperación, incapaz siquiera de pedir auxilio. Uno de los marines se giró para ayudarle a soltar el cable que se cerraba -como si de un ser vivo se tratara- en torno al cuello de su Señor. El resto de la escuadra se lanzó sobre Kamaru aunque no se trabaron con ella inmediatamente; ya prevenidos de sus increíbles habilidades, la rodearon manteniendo una distancia de seguridad.

Kamaru rompió la tensa quietud mientras golpeó a uno de ellos y desenvainaba una corta espada con la otra mano. El renegado se volvió loco mientras el veneno consumía su cuerpo y lo abrasaba. Otro incauto tensó su brazo para descargar un golpe con su cuchillo, pero Kamaru se adelantó con una leve inclinación y lo esquivó; él quiso continuar su ataque pero se extrañó de que le fuera imposible, y le llevó unas décimas de segundo percatarse de que el resto del brazo yacía en el suelo aun empuñando su arma. Durante este tiempo, la asesina giró sobre sí misma dando a la vez un quiebro. El filo de su sable mordió la axila de otro marine y continuó su viaje de abajo a arriba hasta salir por el hombro contrario, seccionando el tronco en diagonal, fundiendo el plastiacero de la armadura como un cuchillo caliente corta la mantequilla. El sable describió un volatín sobre las cabezas de dos de ellos y volvió a descargar su furia hendiendo el casco de uno hasta llegar a la base del cráneo. El otro había tratado de esquivar el corte pero descuidó uno de los mecadendritos que servían de cabellera a la mujer. Su extremo se asemejaba a la boca de un dragón y escupió un proyectil que le atravesó el pecho con un sonido seco, como el de una rama al quebrarse.

Nergal consiguió liberarse del extraño artilugio que le estrangulaba; incluso habiéndose liberado del cuello le llevó unos preciosos segundos desembarazarse por completo de éste. Se incorporó maldiciendo en una lengua ininteligible, y tardó poco en darse cuenta que había quedado apartado de la primera línea de combate.

De repente su enemigo se quedó quieto y Nergal no desaprovechó la oportunidad: le asestó un golpe definitivo con su hacha, pero inexplicablemente la asesina la interceptó con una mano, como si los chispazos de su poderosa energía no pudieran herirla. Una carcajada hirió los oídos del paladín, sus ojos empezaron a reflejar el pánico -¿Es que no puedes morir?... –Un relámpago mordió su pecho, y su sangre empezó a manar a borbotones... -¿Por qué el campo de energía no había funcionado? -Otro golpe hundió su nariz en el cráneo y aunque quiso gritar no encontró suficiente aire para hacerlo. Nergal se resistía a morir, y en un vano intento de atacarle se arrastró hacia su enemigo como una gigantesca y extraña babosa, dejando un reguero de sangre.

Algo tiró de su cabeza hacia atrás; la sombra acercó entonces su rostro oculto y una mano casi cibernética desveló entonces el misterio. La voz parecía salir de su mirada fría e inexpresiva, y por primera vez en su vida conoció el miedo.

- ¡Kamaru, tu muerte se llama Kamaru...! ¿Buscas sangre para tu dios?... –Nergal se estremeció al recordar algunos viejos rumores sobre este nombre, siempre envuelto en un halo de misterio y leyenda, el que corresponde a una asesina de asesinos... hasta que sus pensamientos fueron rotos por un dolor profundo e incontenible, y la noche nuevamente desgarrada por sus gritos; la mano de Kamaru salió ensangrentada de entre sus vísceras. "No", pensó Nergal; ahora no deseaba su sangre para sus oscuros dioses. Dolía. Mucho. Y cuando su vista se nubló, en su último suspiro, se sintió cómodo por un instante.

El marine del brazo amputado yacía en el suelo, aterrorizado e incrédulo. No le quedaba ya ni el coraje de sostener la mirada. -Oh, no, tú has sido escogido, hijo de la Legión Negra. -Le espetó Kamaru.-Voy a permitir que vivas para que puedas contárselo a Lord Ramarga y sea él quien compense tus servicios. Dile a tu Señor que la Legión Negra no pasará por este desfiladero, y que si vuelve a intentarlo me encargaré de que fracase y todos sepan de su fracaso...

El marine levantó la cabeza para asentir mientras una ráfaga de viento...

Pero allí no había nadie.

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